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El arte de no hacer nada en Cartagena

Manifiesto de un viajero sin prisas

No te has venido de viaje para llenar cada hora.

Al menos, no deberías haberlo hecho.

Hay una enfermedad concreta que afecta a los viajeros, sobre todo a quienes visitan por primera vez lugares como Cartagena. Los síntomas son inconfundibles: un itinerario repleto de actividades, el miedo a perderse algo, una necesidad compulsiva de verlo todo, hacerlo todo y fotografiarlo todo.

Al tercer día, el paciente está agotado. Al quinto día, se pregunta por qué las vacaciones no le parecen un descanso.

Esta es una guía para no hacer absolutamente nada en Cartagena. No porque la ciudad carezca de cosas que hacer —hay muchas—, sino porque hacerlas es solo la mitad de la cuestión.

Los argumentos en contra del itinerario

Todos los blogs de viajes te ofrecen una lista: “¡10 lugares de interés que no te puedes perder en Cartagena!”, “¡El itinerario perfecto de tres días!”, “¡No te pierdas estas joyas ocultas!”.”

Tienen buenas intenciones. Pero también se equivocan.

Esto es lo que se les escapa a esas listas: los mejores momentos de un viaje casi nunca se planean. La conversación con un desconocido que te cambia la perspectiva. El restaurante en el que te topaste por casualidad porque te habías perdido. Esa tarde que pasaste sin hacer nada en una terraza, viendo cómo se movían las nubes, y de la que saliste, de alguna manera, transformado.

Eso no se puede incluir en el itinerario.

La optimización implacable del tiempo libre —considerar las vacaciones como un proyecto que hay que gestionar, con indicadores clave de rendimiento y objetivos concretos— pasa por alto el verdadero sentido de salir de casa en primer lugar.

Te fuiste para sentirte diferente. Para eso se necesita espacio. El espacio requiere vacío. El vacío requiere permiso.

Este es tu permiso.

El ritmo de la nada

No hacer nada bien no es lo mismo que no hacer nada.

Lo malo es que nada te hace sentir ansioso, culpable o que no te lo mereces. Estás tumbado en una tumbona echando un vistazo a Instagram, medio ausente, vagamente consciente de que deberías estar hacer algo.

No hay nada como la sensación de estar presente. El tiempo se ralentiza. La mente se calma. No estás esperando a que pase nada: simplemente estás ahí, dondequiera que estés.

Cartagena, a pesar de su caos, tiene rincones con cosas buenas por todas partes. El truco está en encontrarlos. Y el truco aún mayor es dejarte llevar y quedarte.

Un mapa de la ociosidad

La terraza de la mañana

Las mañanas en Cartagena tienen un encanto especial que no se encuentra por la tarde. La luz es más suave. El calor aún no ha llegado. La ciudad se despierta poco a poco, sin exigirte nada.

Es la hora del café. Sin prisas: no tienes que ir a ningún sitio. Solo café, una silla y las vistas que tengas a tu alcance. Las azoteas son lo mejor. El mar ayuda. Pero cualquier terraza vale.

El objetivo: llegar a un punto en el que te olvides de que estás de vacaciones. En el que, por la mañana, simplemente existas, sin tener que hacer nada.

Duración: el tiempo que haga falta.

El largo paseo sin destino

No es un recorrido a pie. No es una visita histórica. Solo movimiento.

Deja el móvil en casa. O llévatelo, pero no lo mires. Elige una dirección —hacia el agua, hacia las paredes, hacia lo que te llame la atención— y camina.

El casco antiguo está diseñado precisamente para eso. Las calles serpentean hasta llegar a plazas que dan a iglesias que esconden patios que conducen a más calles. En realidad, es imposible perderse; las murallas acaban por detenerte. Pero puedes pasear durante horas sin recorrer el mismo camino dos veces.

El objetivo: fijarse en las cosas. La puerta pintada de amarillo. La buganvilla que brota con fuerza desde un balcón. El anciano sentado solo, observando el mundo como lleva haciendo todo el día. Porque así es.

Duración: hasta que tengas hambre o te canses.

La comida innecesaria

No es un tentempié rápido entre actividades. Es una comida de verdad, como la que toman los colombianos.

Busca una mesa en un patio tranquilo. Pide algo que nunca hayas probado. Acompáñalo con una copa de vino o una cerveza bien fría, aunque sean las 13:00 h de un martes. Precisamente porque son las 13:00 h de un martes.

Come despacio. Pregunta al camarero por el plato. Fíjate en las otras mesas. Practica el arte de no mirar el móvil.

En Europa, a esto se le llama «vivir». En Estados Unidos, se le llama «holgazanear». Ambas cosas están mal. Solo es la hora de comer. La diferencia está en el permiso.

Duración: dos horas como mínimo.

La horizontal de la tarde

Cartagena a primera hora de la tarde es insoportable. El sol está justo en lo alto. La humedad alcanza su punto álgido. Las calles se quedan vacías. Incluso los perros callejeros buscan sombra.

No es momento para hacer turismo.

Es el momento de echarse una siesta, leer un libro, darse un chapuzón en la piscina o quedarse mirando el ventilador de techo. Los colombianos lo llaman siesta Y no se equivocan. Luchar contra el calor es una batalla perdida. Aceptarlo es la única respuesta sensata.

El objetivo: la pérdida del conocimiento, o algo parecido.

Duración: hasta que cambie el semáforo.

El ritual del atardecer

Ya se ha tratado en detalle en otra ocasión, pero vale la pena repetirlo: la puesta de sol no es opcional.

Busca un sitio. Llévate algo de beber. Observa cómo cambia el cielo. No hagas fotos. O haz una sola foto y luego guarda el móvil.

El objetivo: veinte minutos de presencia. Eso es todo.

Duración: desde la hora dorada hasta que anochece.

La conversación nocturna

Las mejores cenas no tienen que ver con la comida. Tienen que ver con lo que ocurre en torno a ella.

Al caer la noche, el calor remite. La ciudad cobra vida. La mesa de la terraza que has ignorado toda la tarde se convierte en el centro del universo.

Este es el momento ideal para las largas conversaciones. De esas que no tienes en casa porque estás demasiado ocupado, demasiado distraído o te interrumpen constantemente. De esas en las que recuerdas por qué te gusta la persona con la que viajas. De esas en las que dices cosas que llevabas tiempo queriendo decir.

Sin programa. Sin otro sitio al que ir. Solo comida, bebida, charla y la noche de Cartagena.

Duración: hasta que se acabe el vino o se te acaben las palabras.

Las matemáticas de la desaceleración

El turista típico llena su viaje a Cartagena de actividades: el recorrido a pie por el casco antiguo, el castillo, las islas, el volcán de lodo, el crucero al atardecer, la clase de salsa, el recorrido por el mercado y la clase de cocina.

Lo ven todo. No viven nada.

El viajero pausado hace tres cosas en lugar de diez. Ve menos de la ciudad y más de sí mismo en ella. Vuelve a casa menos informado, pero más transformado.

No se trata de ser perezoso. Se trata de estar presente. Y la presencia, a diferencia de las actividades, no cabe en un itinerario.

Lo más difícil

Lo más difícil de no hacer nada es el sentimiento de culpa.

Nos han enseñado a equiparar la productividad con el valor. El ajetreo con la importancia. Si no estamos haciendo algo, debe de ser que estamos desperdiciando algo.

Cartagena no va a curarme esto. Ningunas vacaciones lo harán. Pero quizá me ofrezca un respiro temporal: unos días en los que la culpa se acalle y el momento presente se amplíe.

La piscina seguirá ahí mañana. Las calles seguirán teniendo sus curvas. La puesta de sol seguirá llegando exactamente cuando tiene que llegar.

No tienes que hacer nada al respecto.


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